Ikewá (cuento infantil) PDF Imprimir E-mail
gato_montes
por Raphael Ficher

Ikewá se despertó con el olor del monte todavía en sus bigotes.
Sintió muy despacito, como murmuraban todavía los grillitos de la noche y como la luna hacía brotar el fresco rocío por entre las hojas de algunos arbustos.

Antes de estirar sus patas, desperezándose para su cacería, afiló sus garras retráctiles de gato montés en un árbol ampliamente grueso y alto, un árbol que parecía ser más viejo que el tiempo.

Con sus pupilas verticales, como unos tajitos de luz, miró sus uñas recién afiladas y se dijo _“La abuela naturaleza es antigua y sabia”.
Inmediatamente pensó  en sus hermanitos y en como el monte los vio nacer.

Algunos ya habían muerto a manos de cazadores hacía ya mucho tiempo, y otros solamente abandonaron los huecos tibios de los árboles, las divertidas cacerías nocturnas y los olores de tiernos musgos en las piedras para mimetizarse con gatos “domésticos”.
Ikewá, pensó en la áspera lengua de su madre acicalándolo, y en como aquella gata grande y parda lo había enseñado a trepar por las ramas más altas y a cazar ratones, utilizando un salto sorpresivo y certero.

-“Mamá me enseñó a respetar esta tierra, pero nunca me habló del ruido que viene del horizonte”- pensó Ikewá.
Era un ruido ensordecedor que le molestaba los sueños y espantaba hasta los pájaros rapaces más valientes.
-¿De donde viene ese ruido hermano?- Le preguntó Ikewá a un enorme capincho de mirada perdida.
-No se hermano gato, pero me atemoriza ese resplandor bullicioso que cada noche nos quiere poner un velo en la luna-.

Ikewá, además de ser un buen cazador, era un buen nadador, y se sentía dispuesto esa noche para cazar, además su estómago ya comenzaba a crujir como madera rota a cusa del hambre.
Había apartado el follaje y los pastos altos que le acariciaban el pelaje marrón.
Aquella noche era más silenciosa que lo normal, por qué Ikewá sabía que en todas las noches la naturaleza habla en susurros y esta no era una de ellas.
No se cruzó con su hermano zorro como de costumbre, ni sintió la respiración suave de la hermana araña, que todas las noches reposa boca abajo con un ojo abierto, colgada de su tela madreperla.

-“¿Qué estará pasando?”- Se preguntó Ikewá.
_”¿Por qué el monte está tan vació y silencioso?”-
Lo único que se escuchaba, era el extraño ruido del horizonte, y la luz que cada vez le hacía doler más los ojos acostumbrados a la vida nocturna.
Ikewá se movía silenciosamente, ondulando su cuerpo ágil por entre los troncos y piedras. Rozando su hocico en donde podría encontrarse un insecto delicioso o un pequeño batracio, pero nada…

Mientras tanto y sin darse cuenta, seguía acercándose a la luz ruidosa del horizonte y hasta llegó a pensar que el amanecer estaba cerca.

Sus patitas de algodón y sus sensibles bigotes, ayudaban a agudizar sus orejas para percibir el ruido diáfano de algo que menguara su hambre.

De repente escuchó y sintió en el fondo de su alma, un estrépito tan agudo, que sus afilados dientes rechinaron y toda su cara fue una mueca de dolor.
Había llegado sin querer tan cerca de la luz, que ahora ya casi estaba en ella, y el ruido lo aturdía.

Vio a muchos hombres con muchas máquinas, muchas luces artificiales que brillaban más que el abuelo lucero.
Hombres con moto cierras, basura, gritos y muerte.
No respetaban a la abuela naturaleza y lastimaban sin cesar a los hermanos árboles.
Levantaban paredes, esparcían veneno para matar a lo que Ikewá tanto le gustaba comer, y con tanto respeto elegía cada noche.

Ikewá comenzó a caminar hacia atrás, mirando como aquella multitud encolerizada por expandirse, lastimaba al gran padre mundo.
Derramó una lágrima sobre algunas plantas secas a causa del calor de unas horribles máquinas y sus humos.

Antes de perderse entre los asustados helechos y sus tiernas hojas, miró tristemente a un hombre que quería cortar un enorme árbol y pensó –“Hombre, como me hubiese gustado llamarte hermano”-.

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