| Los repetidores |
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![]() por Raphael Ficher Los repetidores se sentaban allá atrás, donde no les llegaba la luz del sol. En esa esquina del salón, todo parecía moverse más lento, y el techo era decorado cada noche con telarañas de distinta densidad. Los repetidores de la escuela eran callados y todo el bullicio pasaba sin que ellos movieran sus ojos o se arreglaran el pelo. Poco y nada se sabía de sus padres y nadie les buscaba pelea, pues por ser repetidores, su escala de violencia y fuerza era elevada, y se surtían de piedras, papel mojado (para molestar a los sobresalientes) y hasta corrían los rumores de que alguno guardaba por entre sus macabros pliegues, una navaja que nunca nadie vio. Los repetidores no copiaban del pizarrón, no abrían sus cuadernos ajados y baratos (donados por las maestras de sonrisas falsas), no tenían cartucheras de HE-MAN o RAMBO, no se movían, no hablaban (a no ser para insultar o escupir algo rojo), no tenían lápices mecánicos que hacían “CLICK” o lapiceras de diez colores con tinta de olor a frutas. Sus reglas estaban siempre rotas, sus gomas rayadas, y sus túnicas apenas cumplían con lo mínimo indispensable para que la directora los dejara entrar. Los repetidores no tenían moñas planchadas, y cuando irrumpía el himno en el patio de la escuela, los abanderados y los escoltas decorados con grandes escarapelas, los miraban asustados, y en el asta temblaban de miedo los pabellones. Un vez vi a un repetidor fumando tabaco detrás de un busto helado, de eso…nunca me voy a olvidar. Otras veces se los veía corriendo por los recreos detrás de meriendas que no eran las suyas. Robaban alfajores, naranjas dulces y jugos en cajitas, y cuando no podían robar comestibles, robaban a fuerza de piñas, monedas y billetes de los niños que venían engominados y con rico olor a jabón. A los repetidores nunca se les pedía los deberes, pues al parecer, carecían de memoria. No pedían permiso para ir al baño y aunque no lloviera, faltaban igual. Eso si…les gustaba jugar al fútbol y peleaban a sangre fría por tener la pelota, y si no se las daban, la pateaban para la calle o las pinchaban con clavos herrumbrados. El resto de la clase adelante, y los que repetían…atrás. Nunca en el mismo mundo, nunca en la misma dimensión. Y acá sigo yo hasta ahora, muchos lustros después, escondiendo mi navaja en un bolsillo indescifrable, mojando hojas de cuaderno con escupitajos salados y odiando secretamente a la maestra y a los malditos que tienen abreviado en su cuaderno las tres letritas “STE”.
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