| homenaje a Don Tito Pereira |
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![]() por Fernando Acevedo Como forma de sumar algo a los numerosos homenajes que sin duda se le rendirán, transcribo un capítulo de mi último libro ("La producción del patrimonio cultural, las máscaras de la identidad colectiva. Una aproximación socioantropológica al rico patrimonio de los corralenses"), que recoge parte de las largas conversaciones que mantuve con él -y con otros que me hablaron de él- entre los años 2005 y 2009. yo sé donde hay oro: el último cateador “Yo sé donde hay oro, yo sé los lugares donde hay más oro” , me dice, como al pasar, el último cateador uruguayo –cateador es el término que él mismo prefiere–, nacido en Minas de Corrales en 1922. Don Tito Pereira, personaje ilustre del lugar, habla animadamente en el comedor diario de su modesta casa frente al Hospital, el primero en construirse en el departamento (y, aún hoy, el único del interior del departamento). “Yo conozco la zona como nadie, creo que sí. Nadie conoce así. Conozco todos los lugares. (…) Y conocía los lugares mejores, tanto en los arroyos como en el campo”. De repente se levanta de su silla y me anuncia, señalándome la habitación contigua: “voy a mostrarle el oro”. Regresa con una cajita de madera, la apoya con cuidado sobre la mesa, la abre. Como un mago que prestidigita en su chistera, saca de a uno sus conejos: pequeños lingotes con aspecto de plomadas de pesca, piedras con incrustaciones resplandecientes, una, dos, cuatro pepitas de oro, alguna del tamaño de una almendra. “Esta grande pesa unos veintisiete gramos. Imagínese la cantidad de anillos que se pueden hacer con esto. ¿Usted sabe que un gramo de oro da para hacer un hilo de más de un quilómetro? Sí, sí, con un gramo. Porque es el metal más... el metal que se puede afinar más”. Apoya en la mesa otras dos pepitas. “Este oro es muchísimo más puro que el que uno ve por ahí, en una joyería. Ellos hacen siempre con oro dieciocho. Este oro da veintitrés quilates. He mandado analizar…”. “Tito Pereira es un referente en Minas de Corrales”, afirma con convicción Raúl Armand’Ugón, “sin duda que es la persona más destacable. Por toda su historia, y por lo que sigue haciendo hoy en día. Y por toda la cuestión de la minería… por ser el último garimpeiro que queda, claro”. “El Tito sabe mucha cosa”, me dijo un día Don Ariel Pereira , “y por supuesto que no lo cuenta, pero yo no conozco otro medio de vida del Tito que no sea el de buscar por ahí, pero con la suerte que tienen los mineros, ¿no?, un día encontrás una pepita y te ganás un montón de plata y de repente te pasás seis meses sin…”. hace mucho tiempo que Don Tito es la persona más querida y reconocida de Minas de Corrales, y no sólo por lo inusitado de su oficio, por el pintoresquismo con el que se lo suele revestir, sino, por encima de todo, por su hombría de bien, por su amor hacia Corrales y los corralenses, construido con una modestia y una entrega inusuales. “Tito Pereira es el último de los mineros, el último conocedor de todo eso”, enfatizó Don Ariel Pereira, “y no se le ha dado el valor que tendría que habérsele dado. Es otra de las cosas en las que la Intendencia está en un debe allí. La Intendencia tendría que haber hecho con el Tito lo que en Tacuarembó se hizo con el Museo del Indio”. Es cierto, “Tito es muy abierto, muy generoso, y quizás por eso siempre fue explotado, y no sólo en las minas…”, comenta con un mal disimulado pesar Marta Rodríguez, su esposa desde hace media centuria. “Aún hoy, Tito no es recompensado como merecería. Tito hasta encontró diamantes, amarillos y blancos. Y fue por la fama de Tito como buscador y cateador de oro que empezaron a venir distintas empresas”. Sin dar tiempo a nada, agrega, entre divertida e indignada: “la gente decía: ‘ella se enamoró porque sacaba oro’. Pero no. Tito era zapatero. Tenía tres empleados y un oficial. Los zapatos se vendían en la casa de adelante, que antes la que antes la alquilábamos. En realidad, Tito está jubilado como zapatero”. Don Tito asiente: “sí, mi oficio era de zapatero”. Pero antes de eso ya se había interesado por el oficio minero: “aprendí a catear en el año 35, ahí empecé a aprender, que fue cuando se reactivó la mina por cuenta de UTE. En el 35 UTE empezó a explotar las minas, (…) aquí en Minas de Corrales, en una galería ahí... en dos galerías, muy muy ricas, que tienen mucho oro...( ). Y había un minero que paraba en la casa de mis padres, y él era... él aprendió de minero porque trabajó en una mina de cal, en una calera, entonces tenía práctica... para abrir... los pozos. Él era práctico. Entonces lo contrataron, con otros más... y ahí en las minas de acá trabajaban unas quince o veinte personas. Y ahí yo entraba con él, como él paraba en mi casa... A veces, cuando los capataces no estaban, yo me colaba para entrar en la galería”. Desde que lo conoció, el trabajo de galería le llamó la atención: “me gustaba cómo perforaban las rocas. Se hacía de a dos: uno afirmaba con fuerza el pistolete en la roca, que era como un cortafierro de punta cuadrada muy afilada, y el otro le daba con el marrón. Después, en esos agujeros ponían la dinamita, que la hacían estallar en los cambios de turno, o sea, a mediodía o al caer la tarde. Prendían las mechas y todos a correr pa’ fuera. (…) Era peligroso eso, había que contar bien los tiros, porque si uno de los cartuchos de dinamita no explotaba entonces podía explotar después, con gente adentro. Y por eso también se hacía cuando terminaba el turno”. “Él era un chiquilín cuando fue medio adoptado por un señor de apellido Rodríguez”, me dijo Selva Chirico, hija de un muy buen amigo de Don Tito, “que ese sí era minero, experimentado, de los que había quedado sin trabajo, entonces hacía el cateo para sobrevivir… Vicente Rodríguez. (…) Él le enseño, le transmitió su técnica, y Tito la aprendió. Durante años él no fue minero, fue zapatero. En determinado momento decide hacer esto por hobby, pero empezó a ver que le daba dinero”. Don Tito, entonces, comenzó a aprender el oficio de cateador en su adolescencia, a sus trece o catorce años, antes de aprender el de zapatero. Así se lo había destacado, algunos meses atrás, a Carlos María Domínguez: “yo no tenía edad para trabajar en las minas, pero me pasaba el día detrás del mineral y no quería hacer otra cosa que buscar oro. Un hermano mayor le dijo a mi padre que tenía que sacarme esa idea de la cabeza y ponerme a aprender un oficio que me sirviera para el futuro. Había un zapatero que alquilaba el zaguán de mi casa y me pusieron a trabajar con él. Aprendí el oficio a la fuerza, me gustó, (…) pero cuando terminaba el horario y los fines de semana, salía a buscar piedras. Nunca dejé de hacerlo” . Pero nunca trabajó como minero asalariado. En los últimos años, sin embargo, a demanda de las grandes empresas que han sucesivamente monopolizado la explotación aurífera industrial en la zona, sirvió como una suerte de baqueano asesor: “en este período me llamaron, yo andaba con ellos mostrándoles lugares, les mostré todos los lugares donde había más oro. Yo sé los lugares donde hay más oro, acá, allí, allá, y donde hay más oro yo les mostraba... Les decía: ‘acá hay poco, acá hay más...’. Y así como yo sacaba oro, yo conocía los lugares mejores. Esos otros donde había poco, los dejaba para...”. La frase queda colgada en la boca de Don Tito, inconclusa. No hace falta aclaración alguna. “Sí, fue en el principio cuando venían muchas compañías mineras, venían y les mostrábamos los lugares. Yo iba con ellos y estaban unos días, abrían canales y abrían trincheras, a pico y pala, ¿no?... y no era redituable para ellos, y así, venía una y venía otra... hasta que se plantó una. (…) Eso fue en el 95, por ahí. (…) Sí, yo desde el principio los guié por todos lados, ellos tomaron el lugar mejor, Castrillón, Nueva Australia, Cuñapirú, Esperanza, Picaflor… (…). Después empezaron a perforar ahí, perforaron todo...”. Jamás utilizó explosivos; tampoco trabajó a cielo abierto, como se hace ahora, ni en galería, como en los primeros tiempos: “yo nunca trabajé en la mina. No, siempre anduve como explorador, buscando...”. El trabajo en las minas de galería “al principio parece feo. Pero no, después se acostumbra... Trabajaban con luces a carburo. Y esta mina fue una de las minas más ricas. La que está acá, que pasa debajo de las viviendas, todo por ahí”. Sí, aunque parezca mentira, por debajo de buena parte de Minas de Corrales “corre” el oro. La sola idea de estar encima de galerías subterráneas es estremecedora. “Yo a Tito lo escuché decir siempre que la cantidad de oro disponible en la región de Minas de Corrales era suficiente para sustentar a muchas familias”, me dice Eduardo Palermo. “Y también lo escuché decir muchas veces que era posible desarrollar proyectos de minería familiar. Bueno, el único caso que yo conozco es el de Tito Pereira y su familia. Y me consta que, de alguna manera, Tito ha sido una persona abierta a promover el conocimiento de cómo buscar el oro y de cómo trabajarlo. Obviamente, no ha revelado nunca sus fuentes de extracción, pero no ha habido tampoco, en ese sentido, una organización social…”. Hubo, más bien, iniciativas individuales, como las de Don Tito, siempre impulsadas por la ilusión y sostenidas con esfuerzo y persistencia, que raramente crearon más riqueza que la necesaria para vivir con cierto decoro. “Y aprendí mirando... y aquel minero me enseñaba. Después los días que no trabajaba, nosotros salíamos a buscar oro...”. Claro que las cosas no son tan fáciles como deja entrever Don Tito. Hay que saber. “Sí, hay que saber reconocer las piedras”, admite. “Aquel hombre, el minero práctico... él me enseñaba. Me mostraba la piedra, este... lo que no era oro y lo que era oro, porque vienen otros minerales que son muy parecidos. Bueno, y yo fui aprendiendo. Ya al año, más o menos, yo ya conocía bastante. Y salía con él, y con los otros mineros viejos que había. Yo también me acercaba a ellos y ellos me explicaban”. Hay que saber. Cuando se catea en los arroyos, hay que conocer palmo a palmo el lugar. Saber cuáles son los arroyos más ricos, en qué recodo hay que meterse y buscar. “Nosotros vamos... nos metemos ahí en el arroyo, el agua misma se va encargando de ir dejando al oro en cierto lugar, en ciertas vueltas de los arroyos, donde se serena el agua, él se queda. Donde hay corriente, no para. Y no es en la arena viva, en la arena viva no. Es adonde hay mucho pedregullo, donde hay mucha piedra, canto rodado. Ahí es donde él tranca. Ahí lo detiene”. Análogamente, cuando la prospección se hace en el campo y la extracción a piqueta (si el metal asoma en superficie) o a pico y pala (si se presume que está bajo tierra), hay que tener el ojo entrenado para reconocer las piedras de cuarzo aurífero y evaluar, in situ, las que vale la pena seleccionar para su posterior laboreo. Hay que saber, con ese saber criollo que sólo se adquiere a fuerza de experiencia y sacrificio, aciertos y fracasos, destreza y sudor. “A veces encontrábamos mucho oro, en los campos, en las piedras. ¿Y usted sabe lo que hacíamos? Llevábamos una lona de camión, que conseguíamos, y la extendíamos en el suelo, y ahí íbamos poniendo las piedras... Hacíamos un cerro de piedras... piedras con oro... Después nos iban a buscar. Y aquí era un patio, aquí no había casa, y aquí yo tuve... llegué a tener diez toneladas de piedra con oro. ¡Diez toneladas! (Fue ahí que se enteró… que vino esa empresa para Zapucay, traída por el General Hontou, en tiempos de los militares)”. Hasta ahí, apenas el comienzo del proceso: llegar a las piedras elegidas, a pico y pala, amontonarlas, cargarlas, transportarlas, descargarlas. Después, la molienda, trabajosa, agotadora. “Con esa cantidad de piedra, íbamos eligiendo las mejores. Tenía –y tengo– un mortero, uno de los morteros que vinieron cuando recién descubrieron oro. Fue Gregorio Suárez el que trajo los morteros, que pesan doscientos quilos. (…) Y yo... con ese mortero, ahí, en la casa de mi padre, que tenía herrería... Estaba agujereado. Le mandé poner un fondo y lo empecé a usar. Siempre lo estoy usando”. Don Tito me pide que lo acompañe hasta el fondo de su casa, mientras me explica que él amontona piedras y aprovecha a molerlas cuando hace demasiado frío como para salir a catear. Allí, entre montones de piedras y misteriosos (para mí) enseres para su laboreo, me muestra, con una extraña mezcla de modestia y orgullo, un inmenso y añoso mortero –“esto pesa trescientos quilos”, me dice señalando el pisón–; con la ayuda de uno de sus hijos, lo pone en funcionamiento: el grueso vástago de hierro cae con fuerza y hace estallar con inusitada violencia las piedras que Don Tito había colocado en el depósito de molienda. “Tito fue compañero de escuela de mamá”, me comentó un tiempo después Selva Chirico; “era muy amigo de mi padre, y heredó la máquina trituradora de mi tátara-abuelo, que es la máquina que él tiene. (…) Mi padre se la dio en una jornada de cacería, (…) en la que diezmaban a la población de fauna local, de carpinchos y hasta águilas, cualquier cosa les venía bien, una depredación espantosa… Pero antes se hacía. Y Tito era uno de los asiduos concurrentes. Y mi padre le regaló esta máquina”. Ese mortero, según me aseveró Selva con firme convicción, “fue el primero que vino al pueblo”, y había sido propiedad del bisabuelo de su madre, Don Fermiano Paz Brisolla, uno de los pioneros que realizaban lo que Selva denomina “explotación empírica” en la zona, ya en los años cuarenta y cincuenta del siglo XIX (esto es, unos cuantos años antes del establecimiento de Barrial Posada en Cuñapirú); la mayoría de esos “pioneros autónomos (…) habían adquirido oficio en zonas mineras de Brasil” . El proceso não para, enseña Don Tito: del campo al taller, del taller al campo, de vuelta al taller. Hay que saber: cada fase requiere mucho esfuerzo, mucha pericia. “Después que queda el polvo hay que llevarlo hasta el arroyo, el arroyo lo limpia... Quinientos o mil quilos de polvo, y ahí se pasa tres o cuatro días, con mercurio, un poco de polvo, tres, cuatro, cinco quilos de polvo... Y ahí empieza, con un palito, y le da, le da, le da, haciendo así, entonces la arena empieza a moverse y agarra velocidad... veinte minutos sin parar. Entonces los minerales más pesados bajan, lo más pesado queda abajo. Y el mercurio, que también es de los pesados, baja más... adhiere al palito ese... y bueno, y ahí lo junta. El oro que toca eso ya... queda aglomerado con el mercurio... Forma la amalgama, ¿vio? Se forma una masa. Si usted quiere que endurezca, pone arena con oro, y arena, arena, arena... y al final queda duro, agarra el mercurio con la mano, el mercurio con el oro. (…) Después que usted está terminando de lavar, se lleva al agua –siempre el agua–, zambulle la olla y hace como con la batea pero distinto. Y al entrar el agua en la olla, como la arena es finita y es polvo, el agua va sacando la arena. En cinco o seis minutos, con cuidado, la arena le saca todo. Y ya quedó el oro separado del mercurio. (…) Eso lo aprendí con los mineros viejos, que hacían ese proceso. Y después con un crisol fundía todo. (…) Nosotros vendíamos el oro fundido, nosotros mismos tenemos un crisol. Tenemos un crisol, completo, tenemos todo”. Todo este complejo proceso se simplifica cuando se catea en los arroyos: “en los arroyos el oro ya sale pronto, sale puro, sale libre. Pero en el campo, tiene que traer la piedra, quebrarla, molerla, dejarla como harina... La piedra queda impalpable, y es la forma en que usted después recupera el oro de ahí, de lo molido... Hay un proceso más largo... Claro, en el arroyo ya el proceso se hace naturalmente... Después de unos quince o veinte días, cuando llegábamos a la casa, con el oro ya pronto, prácticamente sólo era prepararlo acá... Más fácil. Pero es un trabajo que hay que hacerlo en verano... Porque en invierno...”. Don Tito habla de los rigores e inclemencias de su oficio sólo cuando le insisto para que lo haga. El invierno es crudo en esta zona: “claro, hay que entrar en el agua, a veces con palas largas, y estar ahí un buen rato”. Ese buen rato depende de la suerte, me dice Don Tito, tanto como, supongo, de la paciencia y del temple del cateador. “Después de estar metidos en el agua en el lugar que habíamos elegido”, continúa, “con cabos largos íbamos sacando la arena con pedregullo, poníamos la batea... así, moviéndola de esta manera, ¿ve? A la batea se le van dando golpes y va saliendo la arena, va saliendo, saliendo, hasta que queda un poquito en el fondo. Donde queda poco, donde queda poquita arena, le empieza a dar golpecitos y empieza a ver los minerales que están en el fondo, porque todo lo pesado queda en el fondo. El oro es de los minerales más pesados. Y entonces viene casi siempre con un polvo negro, de hierro... Nosotros le decimos hierro pero es una limonita. (…) Bueno, y ahí aparece el oro. Ahí, si hay oro, aparece ahí”. Cualquiera sea el procedimiento que se siga para el laboreo de la piedra, cualquiera sea la estrategia extractiva que se adopte, tanto en los arroyos como a flor de tierra –y mucho más, evidentemente, cuando hay que aventurarse por la estrechez y humedad de galerías subterráneas, grutas naturales u oquedades en las rocas–, hay que saber. Pero además hay que tener altas dosis de tenacidad, perseverancia, temple, paciencia… y otras variantes nutricias de la fuerza interior. Sin todo eso se vuelve imposible soportar largas horas en la inclemencia de la intemperie, con el lomo inclinado en los arroyos, el agua cubriendo las rodillas, moviendo con pericia el carumbé , una vez tras otra, hasta que los ojos, exánimes, dejan de ver. Sin todo eso –tenacidad, perseverancia, temple, paciencia…– también se vuelve imposible no sucumbir ante el esfuerzo que exige el largo y complejo proceso del tratamiento artesanal de las piedras de cuarzo (presumiblemente) aurífero extraídas a pico y pala de las entrañas de la tierra: transporte de los cascotes desde el sitio original hasta el improvisado taller, selección de las piedras, molienda; luego, traslado del material pulverizado hasta algún arroyo para proceder al lavado, el amalgamiento y un nuevo lavado; enseguida, otra vez en el taller, el fundido del polvillo para hacer bolitas o lingotes. Recién entonces, hay que ocuparse de la venta –que también tiene sus secretos y dificultades–, cuyo producido espoleará el inicio de un nuevo proceso… Hay que saber, es cierto, pero también reconocer, como hace Don Tito, que en aquel entonces –fines de los años treinta– las circunstancias eran muy favorables: “en esa época había mucho oro, aflorando nomás, por arriba de la tierra. Se veía el oro, las piedras llenas de oro. (…) Y... bueno, como le digo, habían más o menos treinta familias, hombres y mujeres, buscando el oro por las calles, por acá... Porque en esa época era todo de piedra las calles, venía un agua y... aparecían las piedras. La gente andaba con un bolsito a media espalda y un martillo en la mano. Y venían para el pueblo gente que vivía más afuera, a hacer compras, y ya venían quebrando piedras”. Unas treinta familias, hombres y mujeres, quebrando piedras, martillo en mano y capanga a la espalda, alterando la serenidad del pueblo. Y otras tantas, recuerda Don Tito, a unos pocos quilómetros: “mucha gente, por las orillas de los arroyos, tanto en el Corrales como en... Bueno, en todos los arroyos, empezando de acá de Corrales, Santa Bárbara ahí, el otro arroyito que hay, y después San Pablo más allá, hasta Cuñapirú...”. Toda esa gente “llevaba la piedra a la casa y molía ahí; cada uno tenía su morterito, un mortero chiquito. Llegaba la tardecita y usted sentía a la gente golpeando (…). Hombres, mujeres, muchachos… acá en Corrales. Pero mire, había una cantidad de gente... Todo el mundo sacaba oro”. Una de esas anónimas mujeres, digna representante de la estirpe minera corralense –hija, esposa y madre de mineros , minera ella misma– protagoniza un emotivo testimonio de Selva Chirico: “mi bisabuela se quedó viuda de su marido minero cuando estaba embarazada de su última hija, y tenía un último hijo varón que ya era minero, era un muchachito, un chiquilín, pero ya era minero, y ese muchacho se muere también en una explosión en una mina. El marido en realidad se murió de una septicemia después de que le sacaron una muela; la infección tomó cuenta de su cuerpo y se muere. Y entonces ella queda viuda y sin el único hijo varón, que era quien podría ayudar a sustentarla. Tenían campo, pero el campo prácticamente no daba mucho. Entonces ella decide pasar a ser minera también, como muchas mujeres( ). Como tenían el arroyito San Pablo dentro de su campo, bateaba en el arroyo, es decir, buscaba oro en el arroyo, y así crió a seis hijas mujeres, a las que les dio maestra particular –así tenía que ser, porque era en campaña–, les enseñó francés y un instrumento musical a cada una” . Eran otros tiempos, evidentemente. Don Tito los evoca –y los invoca– con cierta nostalgia: “la gente molía su orito, todo los fines de semana, y bueno, iban a vender. Preparaban las bolillitas de oro y llevaban a vender. Pesaban en una balancita de precisión que tenían, ponían allí las pesitas y... tanto, tanto de oro. Pagaban. Casi siempre los comerciantes ponían dentro de unos frascos, que eran así, más o menos, de este tamaño, como los que hay ahora, esos de Bracafé. Hay gente vieja aquí que sabe... ellos ponían los frascos con bolillas de oro, cantidad... Llegué a ver frascos casi llenos, ahí en el estante. Y la gente iba y nadie tocaba. Otra época, ¿no? ¡Qué época! Ponían ahí, compraban y ponían allí adentro. Usted desde el mostrador veía”. Todo el mundo sacaba oro, como un siglo antes. Pero quizás nadie, como Don Tito reconoce, en tanta cantidad como él, y con la calidad que su oro alcanzaba al final del proceso: “yo siempre pedía más, porque el oro mío era mejor… La gente sabía que yo no engrupía a nadie, que el oro que yo vendía era oro puro. (…) Por eso el oro siempre yo lo vendo más del valor. Me lo sacan de la mano, porque conocen el oro que yo saco. Ya es muy reconocido mi oro, y saben que yo no pongo otra cosa. Hay gente, de antes, yo me acuerdo, que limaban las alhajas para entreverar con el oro... era más impuro. (…) Saco de todos tamaños, pero casi siempre orito fino. Y yo llegué a hallar, en un arroyo, una pepita de treintaiún gramos y medio de oro macizo. Así de grande, como un huevo de paloma, más o menos, un poquito más grande que la que le mostré recién. Eso fue hace veinte años, justo el día antes de cumplir sesenta y seis” . A quienes conocen Corrales, su génesis y su historia, no les debe extrañar que el último garimpeiro haya llegado al mundo por el oro de Minas de Corrales, que hace casi un siglo atrajo a un carpintero carpinteriano: “mis padres no nacieron acá pero son de cerca, de Carpintería, por ahí. (…) Mi padre vino... por las minas, en tiempo de los ingleses. (…) Era carpintero mi padre. Vino como armador, para hacer en las bocas de las minas… armaba con tremendos palos de eucaliptus y de otras maderas... armaban para asegurar la boca de la galería, para que no se desmoronara. Claro, que es donde puede haber peligro es en la boca, después usted entra para adentro y hasta es más firme que estar acá. Ah sí, usted entra para adentro y... muy firme”. Don Tito, con sus 86 años a cuestas, personaje emblemático del pueblo, último exponente de un oficio hace tiempo extinguido, sigue cateando en los arroyos de la zona, despuntando el vicio de una labor orejana, aprimorando una práctica que ha dejado a mucha gente en el camino, un camino que hace tiempo que ha dejado de existir. “Desde esa fecha, nunca paré”, dice con orgullo profesional. “Siempre seguí buscando. (…) Hasta ahora estoy con mis cosas... Hasta ahora. Ahora saco poco, porque los hijos todos están trabajando. Antes, cuando ellos no trabajaban, salíamos. (…) Al principio dormíamos a la intemperie. Después ya tuvimos carpa. (…) Cuando era zapatero y salía a catear los fines de semana, cuando encontraba mucho oro, volvía a cerrar la zapatería y me quedaba en el campo. Pasábamos hasta veinte días acampados. Eso, ah sí, eso es precioso, usted está agarrando aire libre ahí, en una carpa…”. Don Tito, con sus ochenta y seis años a cuestas, sigue cateando en los arroyos de la zona, sumando ingresos económicos a su magra jubilación como zapatero, y también sobrellevando algunas situaciones amargas. En una pausa de nuestra conversación en su pequeño museo –privado pero abierto a todo público–, montado con muchísimo cariño, sentido práctico y voluntad pedagógica (y sin ningún apoyo estatal), Don Tito me muestra, con franco orgullo, una gran cantidad de objetos que recogiera en sus cateos en la zona: puntas de flecha, boleadoras, monedas antiguas, cascotes con incrustaciones minerales, piedras de cuarzo con pintas de oro, arena aurífera, pepitas de varios tamaños. “Estas son para usted”, me dice mientras pone en mis manos dos piedras de tamaño mediano, con unas cuantas incrustaciones brillantes, algunas como pecas, otras como finas venas. “Eso que brilla es oro”, se apura a aclararme, “todo lo que brilla es oro”. Ese inequívoco gesto de generosidad se hace más grande con lo que me cuenta enseguida: “usted no se imagina la de piedras que me han robado... Y no te vayas a creer que fueron unos pelagatos, no, no, no. Es gente que vino en buenos autos acá. Así, me la robaron cuando yo me daba vuelta, se ve que para ordenar otras cosas, y me faltaban las piedras… Vea, ¡en mi propia cara!”. No hay rencor en su voz, pero su rostro revela cierta decepción: “y yo qué voy a andar contando piedras y después contándolas de vuelta, no, no. Yo soy de buena fe”. Algunas semanas antes José Alfredo Oruezábal me había comentado algo casi idéntico, recordando una charla que había mantenido con Tito algunos años atrás: “a mí me mostró unas piedras... y me dijo: ‘y mirá, me robaron la mejor’. –‘¿Mejor que ésta, todavía?’, le pregunté. Era prácticamente oro, oro macizo, ¿eh? Él me mostró una piedra, que la mires por donde la mires, todo oro. –‘Sí, la mejor me la robaron. No te voy a dar nombres, pero vinieron en muy buenos autos’, me dice. ¿Te das cuenta? ¡Qué barbaridad! ¡Qué barbaridad!”. No fue la única situación amarga y decepcionante en la que Don Tito se vio involucrado. Unos años atrás algunos vecinos corralenses promovieron la creación de un “Museo del oro” con apoyo económico estatal, pero la iniciativa se frustró cuando el dinero asignado para ello desapareció misteriosamente . “Fijate”, me había dicho José Alfredo, “vinieron no sé cuántos miles de dólares para el museo, y uno de acá, otro de allá... desapareció todo. (…) El museo se iba a montar en el local de la Cooperativa. Y después lo involucraron al viejo Tito... A él... ¿te das cuenta? No lo involucraron en el asunto del dinero, pero lo manosearon al viejo, de arriba pa’ bajo. Y le cortaron las alas. Y es lógico, es todo un personaje, y en cosas de oro, es la palabra mayor que tenemos. Por eso en ese momento le dije: ‘al único que le prestaría mis fotos para cuando usted esté al frente de eso es a usted’”. Aún cuando Don Tito comienza a dar señales de cansancio, es muy difícil dejar de escucharlo, renunciar a aprender con su historia y sus historias, a disfrutar con su rico anecdotario, a mantenerse inmune al contagio de su calor y su pasión… “Pero si quiere venir, venga cuando quiera, ¿eh?”. Este testimonio de Tito Pereira, así como el resto de los que se transcriben en este apartado, fueron tomados de dos de las entrevistas en profundidad que mantuve con él (las realizadas el 26 de junio de 2005 y el 27 de febrero de 2009).
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